MEDIOCRIDAD
Me considero un hombre de éxito porque nunca pasé una noche en la cárcel. Mi
mayor ambición es que no me arreste la policía.
El éxito para mí consiste en permanecer en libertad. Soy escritor porque no se
me ocurre otra manera de ganar dinero quedándome en casa.
Salgo en televisión no por cariño al público sino para ganar suficiente dinero
que me permita alejarme de él. Todos los escritores que he leído me parecen
mejores que yo, especialmente aquellos que dicen no haberme leído o aquellos que
dicen que soy un mal escritor. No creo en Dios, pero rezo por las dudas.
Lo hago sin convicción, como cuando compro un boleto de la lotería. Sólo me
persigno sin dudarlo cuando estoy en un avión a punto de despegar.
Me siento un buen hijo si veo a mi madre tres veces al año: en navidad, en su
cumpleaños y en el día de la madre.
Mi obligación como padre se limita a darles de comer a mis hijas, pero no a
obligarlas a comer. No me siento obligado a vestirlas ni educarlas.
Si no aprenden nada en el colegio ni aprenden a vestirse, se parecerán más a mí
y tal vez nos llevaremos mejor. No aspiro a tener amigos. Prefiero tener
empleados. Me tratan con más cariño y no vienen a verme a la casa.
Mis enemigos no son muy distintos de mí. Me reconozco en ellos. Son mediocres
como yo. Saben que no pueden ser mis amigos y se resignan a odiarme. Es mejor
tener amigos que animales. No tengo que darles de comer ni recoger sus cacas.
Pero mejor todavía es tener enemigos.
No tengo que verlos nunca y escriben de mí en el periódico. No me gusta hablar
en inglés. Siento que estoy traduciéndome a mí mismo y nadie me paga por ese
trabajo.
Me perdono olvidar los cumpleaños de mis familiares y mis amigos, pero no les
perdono que se olviden del mío.
Me perdono no darles regalos, pero no que dejen de dármelos a mí. De niño quería
ser futbolista, pero, como era malo jugando al fútbol, decidí ser árbitro para
conocer a los futbolistas famosos. Después desistí porque me di cuenta de que a
los árbitros a menudo les pegan. Si un libro mío se vende cien años después de
mi muerte, habré triunfado. Si la edición es pirata, el triunfo será
indiscutible.

BannerBreak.com - Banner Maker - Banners - MySpace Layouts
Mi oficio es hablar. Me pagan por hablar. Me pagan incluso cuando estoy en
silencio, escuchando. Es el mejor oficio del mundo. Te sientas, sonríes y hablas
una hora o dos.
Ni siquiera tienes que saber lo que estás diciendo. Sólo tienes que hablar como
si tuvieras la razón. No me gusta hablar por teléfono porque ya me acostumbré a
que me paguen por hablar. Cuando hablo por teléfono, siento que alguien me
estafa o que me queda debiendo dinero.
Si no me pagan, prefiero estar en silencio. No es que haga preguntas en
televisión porque tenga curiosidad sino porque debo llenar los silencios. Si
alguien me pagase por estar una hora sentado en silencio, dejaría de hacer
preguntas.
Mi idea de la felicidad se reduce a cagar siempre en el baño de mi casa. Eso me
obliga a pasar la mayor parte del tiempo en mi casa.
Por eso me hice escritor, para cagar en casa. No es cierto que se aprende mucho
viajando. Se aprende más estando quieto en un lugar. Pero lo mejor es no
aprender nada estando quieto en un lugar. En mi caso el colegio y la universidad
no sirvieron para nada.
No recuerdo siquiera vagamente las cosas que me enseñaron. Las olvidé porque
eran inútiles o porque soy un inútil. No me interesa que mis hijas vayan a la
universidad y obtengan un grado académico. Me sentiría más orgulloso de ellas si
no van a la universidad. Así no pierden su tiempo y me ahorran el dinero.
Mi única ilusión como padre es que mis hijas sean sexualmente felices, que es la
única forma concreta de felicidad que conozco. Me alegro cuando alguien pierde
dinero en la bolsa de valores, especialmente si es de mi familia y tiene más
dinero que yo.
Cuando muera, sólo aspiro a no dejar deudas y a que ningún cura venga a mis
funerales. No sé por qué tendría que querer especialmente a las personas que
nacieron en el país en que nací, si ellas, que yo sepa, tampoco me quieren
especialmente por esa razón ni por ninguna.
He ahorrado algún dinero porque comprar cosas o hacer negocios requiere un
esfuerzo del que me siento incapaz. Todo lo que espero de la ropa es que sea
suave, que no ajuste, que abrigue y que no sea roja o amarilla.
Si cumple esos requisitos, puedo ponerme cualquier cosa, incluso si tiene
huecos, mejor aún si tiene huecos. Mis planes para el futuro son dormir todo lo
que pueda, viajar lo menos posible y escribir sólo lo que sea inevitable. Cuando
escribo una novela, sigo una técnica simple: llenar trescientas páginas con lo
primero que se me ocurra, sin pensar mucho ni investigar nada.
La trama termina cuando me doy cuenta de que ya pasé las trescientas páginas. La
nobleza no sirve para escribir.
El rencor me resulta más útil. Nunca seré un buen escritor. Prefiero ver un buen
partido de fútbol que leer una buena novela. Prefiero ver un buen clásico que
leer un clásico. Todos los escritores que ganan más dinero que yo son mis
enemigos.
Por esa misma razón, todos los que ganan menos dinero que yo tienen derecho a
considerarse mis enemigos. Por consiguiente, todos los escritores son mis
enemigos. Compro el periódico para leer las defunciones con la esperanza de
encontrar en ellas los nombres de mis enemigos.
Me he vuelto sexualmente pasivo no porque lo disfrute más sino porque ser activo
es una responsabilidad histriónica que me abruma.
He bajado algo de peso porque me agobia salir a comprar la comida al mercado. La
pereza es, aunque no lo parezca, una buena dieta. Me da igual verme más gordo o
menos gordo porque no aspiro a que nadie me toque. Prefiero tocarme yo mismo.
Como lo hago a oscuras, no veo si estoy más gordo o menos gordo. No necesito que
alguien me ame. Me basta con que me desee. No sé si me apenaría ser impotente.
No cambiaría mucho mi vida. Tendría un problema menos. Tratar de ser bueno es un
esfuerzo. Ser egoísta me resulta más cómodo.
Admiro a la gente que se casa. Si pudiera, me divorciaría de mí mismo. Me alegra
hacer una promesa sabiendo que voy a incumplirla.
No deja de sorprenderme que tanta gente incauta todavía crea en mí. Me gusta que
me pidan plata para negarla con mentiras educadas y recordar el placer de
sentirme mezquino.
Mi odio a los gatos se origina en la sospecha de que son más inteligentes que
yo. No quisiera morirme sin envenenar a uno de los gatos del vecino que vienen a
cagar en la puerta de mi casa.
No sueño con un mundo mejor. Sueño con dormir mejor. Cuando duermo mejor, el
mundo me parece mejor.
DE Y POR JAIME BAYLY EN SU COLUMNA DEL DIARIO CORREO PERÚ