ESCRITORA FRUSTRADA
SOY UNA ESCRITORA FRUSTRADA!AMO ESCRIBIR.DE HECHO HE ESCRITO VARIOS CUENTOS Y UNA NOVELA ROMÀNTICA AL MEJOR ESTILO DE JOHANNA LINDSAY -MI AUTORA PREDILECTA DE ESE GÈNERO-.NO HE SIQUIERA INTENTADO SU ENVÌO A NINGUNA EDITORIAL POR MIEDO AL FRACASO! DE CUALQUIER MANERA TENDO DOS PPROYECTOS DE NOVELA EN CURSO.TAL VEZ Y SÒLO TALVEZ ,ALGÙN DÌA POSTEE LOS CAPÌTULOS DE LA QUE YA HE CONCLUÌDO.QUIZÀS ME ANIME A PESAR DE LAS CRÌTICAS QUE SEGURAMENTE RECIBIRÈ.POR EL MOMENTO DOY A CONOCER POEMAS,FRASES ARTÌCULOS DE OTROS AUTORES MAS PRESITGIOSOS QUE LA DUEÑA DE ESTE BLOG.
ESTE ES UN ARTÌCULO QUE JAIME BAYLY PUBLICÒ EN SU COLUMNA DEL DIARIO CORREO PERÙ
La reputación en llamas *
Corrían los turbulentos años ochenta. Yo estudiaba leyes en una
universidad de Lima que se jactaba de ser católica. Ignoraba, en mi
infinita candidez, que las leyes en mi país eran una ficción ?una
ficción pomposa, enrevesada e inútil? y que años más tarde, expulsado de
aquella universidad, terminaría dedicado a otras formas más nobles de
ficción, como la de escribir mentiras o decirlas en televisión. Ignoraba
asimismo, entre muchas otras cosas, que debía desconfiar de cualquier
institución o persona que se jactase de ser católica, y que sólo tenía
sentido, si acaso, estudiar en una universidad laica y agnóstica que se
atreviese a cuestionar los dogmas, prejuicios, supercherías y
antiguallas de esa religión o de cualquier otra, que eran, por cierto,
unas formas más innobles e insidiosas de urdir ficciones.
Lo que habría de salvarme de aquel extravío o malentendido en el que me
hallaba era el mundo grotesco, desmesurado y carnavalesco de la
televisión, que me permitió un conocimiento más exacto de las
dimensiones bochornosas de mi inteligencia y mi hombría. Por
circunstancias azarosas, había terminado trabajando en las noches,
después de asistir a clases en la universidad de los curas, en un canal
de televisión de Lima, como presentador de un programa en directo en el
que entrevistaba a políticos, politicastros, pilluelos, pillarajos y
otra gente encantadora, gente con la que me entendía naturalmente bien y
a la que no era difícil cazar mintiendo o poner en aprietos.
Una noche, esperando un taxi para ir a la televisión, vestido de traje y
corbata, cargando un maletín lleno de papeles, soñando con que algún día
diría mentiras de hermosa sonoridad en alguna plaza pública, ensayando
mis discursos grandilocuentes como congresista o candidato presidencial,
no advertí, distraído por asuntos tan graves, que un tío distinguido y
encantador pasó en su auto guinda y verificó sin querer mi seca
condición de peatón, promesa política y naciente estrella de televisión.
Al día siguiente, tan noble tío llamó a la casa de mis abuelos maternos,
en la que yo vivía refugiado, y me dijo que quería hablar conmigo, que
fuese a visitarlo a su oficina. Por supuesto, acudí sin demora. Fumando
un habano, vestido con impecable corrección británica, saltando con
gracia entre el español y el inglés, exhalando un perfume embriagador,
mi tío hizo tres cosas igualmente inverosímiles: me regaló un pañuelo de
seda Burberrys, me comunicó que me había suscrito a la revista The
Economist (?si quieres ser presidente, tienes que ir a la escuela de
gobierno de Harvard y leer The Economist?) y me ofreció un préstamo de
diez mil dólares, a pagar sin intereses y en un plazo laxo e impreciso,
para comprarme un carro nuevo o usado, lo que quedaba a mi elección
(?una estrella de televisión como tú no puede andar en taxi, Jimmyboy?).
Con el dinero que tan generosa e imprudentemente me prestó mi tío,
compré a los pocos días un auto Fiat, modelo Brava, color gris plata,
fabricado el año 1980, con treinta mil kilómetros recorridos, cinco
velocidades, asientos de cuero y aire acondicionado. A mi querido tío le
prometí que en diez meses, como mucho, le pagaría la deuda, pues a
finales de cada mes iría sin falta a su oficina a dejarle un sobre con
mil dólares en efectivo. Ni él ni yo sabíamos que el dinero que se
ganaba en la televisión peruana era también una ficción, una quimera,
una cosa inasible, de perfiles gaseosos, y que el legendario dueño del
canal que me había contratado solía decir entre risas, con sabiduría:
?Las deudas nuevas hay que dejarlas envejecer. Y las deudas viejas nunca
se pagan?.
Como fueron pasando los meses y yo no cobraba mi sueldo y tampoco
visitaba a mi tío en su oficina a pagar las cuotas mensuales ni tenía
siquiera la cortesía de llamarlo a pedirle disculpas, él,
comprensiblemente irritado, se dirigió a la casa de mis abuelos, tocó el
timbre y pidió hablar conmigo. Desde mi cuarto en el segundo piso, le
rogué a mi abuelo, un hombre bondadoso, que le dijera al tío ofuscado
que yo no estaba. Mi abuelo, un amor, mintió para protegerme. Mi tío
dejó una nota que decía: ?Me has decepcionado. Un caballero siempre paga
sus deudas?. Cuánta razón tenía mi querido tío. Pero ya entonces yo no
me sentía un caballero, por mucho que tratase. Me inquietaba ya la
oscura certeza de que el destino no había reservado para mí el papel de
caballero británico que mi tío cumplía con tan admirable precisión.
Confundido en el circo lujurioso de la televisión peruana, trabajando
?es un decir? entre enanos aventajados, gordas de risa apocalíptica,
cómicos borrachos, boquitas pintadas y mujeres con voz ronca y
testículos, maravillado por todas esas suaves formas del pecado que mi
madre y los curas del Opus me habían ocultado, yo no podía sentirme un
caballero.
Nunca le pagué un centavo a mi querido tío. No lo llamé por teléfono a
disculparme ni le di explicaciones ciertas o mentirosas ni le mandé
saludos por televisión (una forma de pago que se conoce como ?canje? y
que he usado con dentistas, aerolíneas y vendedores de autos). Al día de
hoy, le debo diez mil dólares sin intereses. Le pido disculpas públicas,
si de algo valen. Tengo el firme propósito de ponerme al día y saldar
esa deuda oprobiosa, pero una crisis de liquidez o ?caja chica? me
impide cumplir con mi conciencia.
Dos años después de comprarlo, en un viaje que hice con un amigo a los
desiertos del sur peruano, el Fiat Brava de cinco velocidades, que había
alojado en sus confortables asientos de cuero unas formas de amar que yo
ignoraba cuando lo hice mío, ardió inesperadamente en llamas y quedó
reducido a un amasijo de fierros humosos y negruzcos, mientras mi amigo
y yo, las narices llenas de cierto polvillo blanco, contemplábamos
extasiados ese espectáculo, el de un auto que se quemaba en medio del
desierto (y con él, mi reputación o lo que quedaba de ella).
JAIME BAYLY


Meneame
del.icio.us





