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"CONFIESO QUE HE VIVIDO"
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26/05/2007 GMT -3

HOY LITERATURA

catypaz @ 18:39

Como estamos en fin de semana,supongo que algunos aprovecharan a leer (yo por ejemplo).Como asidua lectora de libros buenos,malos regulares y peores... me gustarìa recomendar "Y DE REPENTE UN ANGEL" DE ESE MAGNÌFICO ESCRITOR PERUANO JAIME BAYLY, DE QUIEN SOY UNA PROFUNDA ADMIRADORA.
PARA AQUELLOS QUE NUNCA LO HAN LEIDO ,POSTEO EL SIGUIENTE ARTÌCULO QUE FUE PUBLICADO EN EL DIARIO CORREO PERÙ ESPERO LOS COMPLAZCA Y SE CONVIERTAN EN SUS LECTORES
El mejor (y peor) negocio de mi vida *

Hace seis años o poco más, una compañía española de internet, que entonces florecía y se expandía por el mundo como heredera cibernética de los conquistadores que vinieron por el oro, propuso comprarme los derechos de una novela que estaba por publicar y subirla por entregas en sus portales de Latinoamérica. No hubo nada que negociar porque la oferta económica resultaba irresistible y sólo me obligaba a enviarles el texto de la novela, que ya estaba escrita, y a participan semanalmente en ?chats? con sus suscriptores latinoamericanos. Mi legendaria agente literaria aprobó enseguida la operación. Firmamos en Miami, en un rascacielos espléndido, frente a la bahía. Me dieron el
cheque sin demora y con fondos. Sentí que los conquistadores españoles, por una vez, habían sido timados por un indiecito peruano con apellido
inglés.
La novela se publicó por entregas diarias, a lo largo de tres meses, en los portales de esa compañía de internet, y fue leída principalmente por secretarias y recepcionistas en horas de oficina, quienes, burlando sus
tediosos quehaceres laborales y tal vez mintiéndoles a sus jefes y supervisores, se entregaban furtivamente a consumir esas cartas despechadas o no tanto que yo había escrito a una ex novia, un ex amante clandestino y tres amigos memorables, que había perdido para siempre.
(De esas cinco personas que inspiraron las cartas, sólo una de ellas, un periodista de talento tan prominente como su nariz, me dijo que había leído el libro y le había gustado, con lo cual se negó generosamente a perderme como amigo. Los otros cuatro, debo presumir, se sintieron aliviados de que los exonerase de seguir considerándolos mis amigos). en los ?chats? semanales que la compañía española me organizaba en sus distintos portales americanos fracasé escandalosamente, pues apenas entraban ocho o diez personas con sobrenombres lujuriosos que deseaban ligar entre ellas o conmigo, lo que, en cierta ocasión, me produjo un bochorno considerable, pues mi madre, enterada de aquel provechoso negocio cibernético, decidió darme una sorpresa y se descolgó sin previo aviso en el ?chat? peruano con el apelativo de ?tumamita?, y de pronto se vio envuelta en un tráfico de declaraciones calenturientas, de piropos encendidos, de impaciencias hormonales que a ella, una digna señora del Opus, le provocaron natural espanto, lo que la obligó a escribirme en dicho ¿chat?: -?tu mami?: jaimín, quería saludarte, pero mejor me retiro, porque esto está peor que sodoma y gomorra. Con el dinero que gané en la publicación cibernética de aquella novela y mi participación en esas reuniones de sexópatas camuflados,decidí comprarme un departamento en Lima. Todos me decían que la mejor inversión ?la más segura, la más rendidora? era en el negocio de los bienes raíces, y yo, que nunca tuve raíces de ningún tipo en la ciudad
en que nací, decidí echar raíces en los bienes raíces, y compré un departamento, zanjando el problema de raíz.
Era un departamento espléndido, de tres pisos, frente al campo de golf del club Los Incas, muy cerca de la casa de mis hijas, y se lo compré a un viejo amigo de la familia, un hombre encantador. Este caballero taliano, avecindado en el Perú, amigo de mis padres desde que era niño, me llevó al edificio que él mismo había construido sobre el terreno de la que había sido su casa de toda la vida, y me hizo subir quince pisos
por escaleras ?porque no habían instalado aún los ascensores? hasta el ?penthouse triplex? que me ofrecía con entusiasmo, y me enseñó los cuartos y las vistas y las terrazas de lo que sería mi refugio limeño. El edificio estaba desnudo, en concreto, sin puertas ni ventanas ni acabados de ningún tipo, sólo la torre maciza de cemento frente al campo de golf, y el caballero italiano me aseguró que estaría terminado en tres meses como mucho. Aunque me asaltaron dudas de último minuto, cuándo no, firmé el contrato y le entregué el cheque. Todo el dinero que me habían pagado los españoles del pulpo cibernético fue a parar a las manos de este caballero ítalo-peruano. Nadie sabe para quién trabaja.
Han pasado seis años o quizá siete y todavía no he podido mudarme ni pasar siquiera una noche en mi departamento, pues el edificio sigue exactamente como estaba cuando lo visité: sin ventanas ni puertas, sin ascensores ni cocheras, sin personas que lo habiten, sin nada de nada,
desolado y polvoriento, un gran pedazo de concreto abandonado a su suerte, un sueño fallido en el cual creyeron doce o quince incautos como yo, que nos quedamos como avergonzados o rencorosos propietarios de un edificio fantasmal, dueños de un fracaso más de los tantos fracasos de los que está hecha la historia de mi país. De vez en cuando, paso por el edificio desnudo, le doy una mirada, procuro sonreír a pesar de todo, me reafirmo en mi propósito de no enjuiciar a nadie ni enredarme en peleas inútiles, recuerdo por si hiciera falta que ésa es la prueba más alta y pesada de que soy un tonto redomado ?si no lo fuera, habría investigado bien antes de pagar, y me hubiese enterado de que la obra estaba paralizada porque el banco que la financiaba había quebrado? y vuelvo a casa y le escribo un correo electrónico a mi buen amigo el italiano, preguntándole cómo van las cosas, cuándo, si acaso, se terminará el edificio y me entregarán mi
lindo departamento. Y unos días después él me responde gentilmente y me explica el laberinto judicial en que se halla sumido y me promete que ?ahora sí, Jaimito, créeme, hermanito, en medio año máximo tendrás tu lindo departamentito con vista al golf?. Pero ya no soy tan incauto para creerle y estoy resignado a que cuando me muera ese edificio seguirá tal como estaba cuando pagué por su último piso: a medio hacer, a medio terminar, a medio camino entre el sueño y la frustración, como suelen
ser las cosas en el país en que nací. Sólo pido que, cuando muera, velen mis despojos allá arriba, y que todos
los supernumerarios del Opus estén presentes, orando por mi salvación, tragando polvo, exhaustos por escalar quince pisos.
AUTOR:JAIME BAYLY

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